Cada pintura es una pausa, una pregunta sin respuesta. La obra no representa algo: es algo. Una memoria, un eco, una imagen que llegó sin avisar.
Una pintura que interroga.
La obra de Bram L. habita un territorio simbólico y sensorial. No hay narrativas lineales, ni intenciones didácticas. Hay fragmentos, gestos, sombras, símbolos que no buscan ser entendidos, sino sentidos.
En sus series —Espejismo, Reino, Inframundo, Natural— conviven el peso del cuerpo, lo ancestral y lo invisible. La imagen no se explica. Se deja estar.